Mientras Vox alimenta el odio, el Partido Popular ha decidido seguirlo sin frenos ni condenas a pesar de los riesgos para la democracia y sus consecuencias en el resto de partidos, también en Pilar de la Horadada
Lo ocurrido en Teruel, durante un mitin del PSOE, no es una salida de tono ni un hecho aislado. Era una concejala del Partido Popular, nada espontaneo. Es indecente e intolerable acudir a un acto político ajeno para insultar a otro político, en este caso al presidente del Gobierno y secretario general del PSOE. Y es aún más grave que ese comportamiento se normalice o se silencie desde la dirección nacional del PP y a todos los niveles.
No ha habido condena alguna. Ni Alberto Núñez Feijóo ni nadie del Partido Popular ha rechazado públicamente lo ocurrido. Ni una palabra, ni una rectificación, ni una mínima muestra de responsabilidad. Tampoco lo hicieron en Pilar de la Horadada el pasado verano, cuando en dos ocasiones se vandalizó la sede socialista. Ni cuando en actos de las fiestas se ha gritado “¡Pedro Sánchez, hijo de puta!”. Ese silencio no es neutral: es una forma de amparo. Y convierte un hecho grave en un problema político mayor.
Lo sucedido en Teruel no fue una anécdota. Forma parte de una estrategia deliberada de deshumanización del adversario político, que se ha ido normalizando en los últimos años. Pedro Sánchez ha sido objeto de una catarata de insultos que nada tienen que ver con la crítica política: desde llamarle “tirano”, “capo de la mafia” o “caudillo”, hasta expresiones abiertamente vejatorias como “psicópata”, “hijo de puta” o “chulo de putas”, escuchadas en mítines, parlamentos y platós de televisión. Y que extienden al resto de cargos y militancia socialista.
Pero esto no es nuevo. Ya lo hemos vivido antes. Ocurrió con Felipe González y ocurrió con José Luis Rodríguez Zapatero, también con Ximo Puig o Ignacio Ramos. También hubo insultos, campañas de odio y deslegitimación personal. Quizás sin tanta intensidad, sistematicidad y crudeza como ahora. Y, aun así, hay algo que no ha cambiado: el respaldo de una mayoría social y el apoyo firme de un partido que no se esconde, que no se arruga y que no abandona a los suyos.
Lejos de ser marginales, estos ataques han sido pronunciados por dirigentes del PP, amplificados por Vox, expandidos a través de las redes sociales y jaleados por una constelación de opinadores que han cruzado todas las líneas: comparaciones con dictadores, acusaciones delirantes de terrorismo, insinuaciones psiquiátricas o llamadas explícitas al señalamiento personal. Todo ello con un objetivo claro: deslegitimar al adversario y erosionar la democracia desde el lenguaje.
La extrema derecha puso en marcha esta estrategia hace tiempo, convirtiendo el insulto en consigna y el odio en espectáculo. Vox corre. Pero el Partido Popular anda por el mismo camino, asumiendo ese marco, normalizándolo y repitiéndolo cada vez con menos complejos. Cuando el Partido Popular calla ante estos comportamientos, los avala. Cuando se niega a actuar, se convierte en cómplice. Y cuando adopta el lenguaje y las prácticas de la extrema derecha, renuncia definitivamente a cualquier pretensión de moderación.
La democracia se defiende también día a día y en todos los espacios, ámbitos y niveles cuidando el lenguaje, preservando la dignidad de las instituciones y rechazando sin ambigüedades el insulto, la deshumanización y el odio. No todo vale en política. No todo puede decirse ni hacerse. Y no todo puede quedar sin consecuencias. Cuidado, la derecha es un peligro.
