Llevo vinculado al fútbol desde que tengo memoria. Empecé a jugar con apenas tres años y, como tantos otros, crecí entre campos de tierra, vestuarios humildes y fines de semana marcados por partidos. El fútbol ha sido siempre parte de mi vida. Por eso precisamente duele ver en qué se está convirtiendo.
Cada vez voy menos a los estadios. No por falta de pasión, sino por cansancio. Cansancio de escuchar insultos constantes, de ver cómo se normalizan consignas racistas, homófobas o directamente de corte fascista. Cansancio de que el fútbol, que debería ser un espacio de encuentro, se haya convertido para muchos en una excusa para soltar odio sin consecuencias.
Los recientes acontecimientos en el partido entre España y Egipto han vuelto a poner sobre la mesa un debate incómodo, pero necesario: ¿qué papel debe jugar el fútbol en la sociedad? ¿Debe ser un espacio completamente ajeno a la realidad o, por el contrario, un lugar donde también se visibilicen injusticias?
Desde mi punto de vista, el deporte —y especialmente el fútbol— no puede vivir aislado del mundo. Es un fenómeno social, cultural y emocional. Por tanto, es legítimo que en él se denuncien desigualdades, injusticias o vulneraciones de derechos. El fútbol también puede y debe ser un espacio de libertad de expresión.
Pero hay una línea clara que no se puede cruzar.
Una cosa es la libertad de expresión, y otra muy distinta es la impunidad para el insulto, el odio o la violencia verbal. Y eso es lo que está ocurriendo en demasiados campos: se confunde una con la otra. Se tolera lo intolerable bajo la excusa de la pasión o de la rivalidad.
Lo más grave es que ese odio no se dirige solo hacia el rival. En ocasiones, incluso jugadores de la propia selección han sido objeto de ataques. Jugadores que representan al país, que son referentes deportivos y que, además, reflejan la diversidad real de la sociedad actual.
Porque conviene recordarlo: uno de los jugadores más destacados de la selección española, protagonista de la última Eurocopa y con todo por delante para serlo también en el próximo Mundial, es musulmán. Y aun así —o precisamente por eso— no ha estado exento de insultos y comentarios fuera de lugar.
¿Qué mensaje estamos lanzando?
Si el fútbol se convierte en un espacio donde se señala, se insulta o se excluye a alguien por su origen, su religión o su identidad, dejamos de hablar de deporte y empezamos a hablar de otra cosa mucho más preocupante.
El problema no es que el fútbol tenga carga social o política. El problema es qué tipo de mensajes estamos permitiendo que se cuelen en él.
Porque si esto continúa así, los estadios dejarán de ser lugares de disfrute para convertirse en espacios hostiles, dominados por una minoría ruidosa que impone su comportamiento sobre el resto. Y entonces muchos, como yo, simplemente dejaremos de ir.
Seguiremos disfrutando del fútbol, sí. Pero lo haremos de otra manera. En campos locales, en ligas modestas, con amigos, con respeto y con la esencia que siempre ha tenido este deporte: competir, compartir y disfrutar.
Porque el fútbol no debería ser un altavoz del odio.
Y si lo dejamos serlo, los que realmente amamos este deporte seremos los primeros en marcharnos.
Ángel T. Cegarra, portavoz adjunto Grupo Municipal Socialista en el Ayuntamiento de Pilar de la Horadada.
