Nací en un pequeño pueblo de Granada en el que mi padre era maestro de escuela tras haber sido expedientado al finalizar la guerra civil sin poder ejercer su profesión y vocación durante bastantes años por el solo hecho de ser republicano, maestro y dibujante en la retaguardia del frente por la decisión de aquel del que ahora dicen algunos que “con él se vivía mejor”.
Después de recorrer varios pueblos de la provincia granadina, mis padres decidieron que para ofrecer un futuro mejor a sus tres hijos lo mejor era “emigrar” a Barcelona donde podría haber mejores oportunidades para lograrlo. Después de veinticinco años allí, en 1989, ya con mi mujer y mi hija tomamos la decisión de volver a “emigrar”, esta vez a este magnífico lugar en el que hemos crecido como familia y como seres humanos.
Todo esto viene a cuento porque hoy quiero hablar a través de este escrito de símbolos que deben unir a las personas de un mismo entorno, me refiero a la “bandera” que más allá de la representación oficial del país, es un concepto tan abstracto como irracional. En mi caso, debo amar tanto a la bandera de Andalucía como mi lugar de nacimiento, a la senyera catalana como lugar de acogida y a la senyera valenciana como lugar de crecimiento personal y familiar. Pero por encima de ellas están sin lugar a dudas la de mi pueblo, Pilar de la Horadada y la de mi país, España.
Después de años y conflictos por los símbolos, las banderas siguen ocupando un lugar destacado en la vida de las sociedades. A veces para incluir y otras, la mayoría, para dividir, como ocurre con la rojigualda, la nuestra, que abre fisuras entre los españoles. En solo veinticinco años, la bandera de España ha pasado de mostrarse orgullosa en balcones de todo el país para celebrar el ganar un Mundial de fútbol a convertirse en un arma arrojadiza entre españoles. Si la sacas por la ventana, eres un facha. Si no, eres un mal español, cómplice del separatismo que qiere destruir el país.
Y la bandera, sea la que sea, se siente o no se siente. Si se siente, se debería aceptar el derecho de cada ciudadano a identificar esa bandera con unos valores determinados, e incluso aceptar como parte de la libertad ciudadana el desafecto hacia ella. En España, desafortunadamente, un sector importante de la derecha española se apropió hace décadas de la bandera y la vinculó a unos valores que se apoyan solo en su manera de pensar y que la hacen incompatible con otras interpretaciones también legítimas de la idea de patria, nación o comunidad. Miles de españoles han acudido en redes sociales y otros medios a reivindicar la bandera como símbolo común por encima de ideologías. La bandera es de todos, dicen.
Por tanto, algunos convierten la bandera en un símbolo que solo representa a una parte del país y que, o sacan a pasear por las calles de España durante las movilizaciones promovidas por VOX y el Partido Popular o la colocan en lugares quizá demasiado destacados e incluso compitiendo por “quien la tiene más grande” fuera de los espacios en los que sí debe estar como representación institucional de los ciudadanos del país. La bandera que deberían lucir todos los españoles con orgullo y sin complejos la utilizan ellos para vapulear a la mitad del país, sociológicamente de izquierdas, que no se identifica con toda esa banalidad ideológica.
El PP de Aznar intentó cambiar el significado de la bandera identificando a España con la derecha y a la bandera con ellos, lo que ahora perpetúa Vox. La ultraderecha está creando el vínculo monarquía/bandera que pretende hacer que los únicos que puedan asumir ese vínculo sean los seguidores de la derecha. Pero lo que debe preocupar no es el que se apropien de los símbolos y que los utilicen como arma arrojadiza sobre el adversario, sino su uso para fines políticos de mayor y peor alcance. Recurrir de esa manera a la bandera es pretender volver a un país que ya no es “uno, grande y libre”.
La izquierda española no ha sentido fervor por la rojigualda porque la identificaba con la dictadura franquista, que la impuso tras ganar la Guerra civil. Pero lo cierto es que tras la muerte del dictador quienes más concesiones hicieron en la construcción de la nueva democracia fueron los partidos de izquierdas, que tras sufrir durante 40 años la terrible represión franquista, fue asimilando toda la simbología, empezando por la bandera y la propia monarquía y así facilitar una transición rápida y pacífica la democracia.
Los progresistas estamos ante dos posiciones: o el rechazo de la bandera por su carácter monárquico y su ascendencia franquista, o la aceptación de un símbolo consolidado e irreversible, que usado por las derechas se ha convertido en un arma contra nacionalistas catalanes, vascos y gallegos y contra la propia izquierda, acusada de amar poco a su país. Cometeremos un enorme error histórico si regalamos el orgullo de pertenecer y amar a este país a quienes tienen una idea tan estrecha de España que creen que sobran los progresistas, los que hablan otra lengua, los que vienen de fuera, los que tienen otro apellido, las feministas, etc.
La bandera fue elegida a través del proceso constituyente de 1978. Puede ser que a algunos no les represente porque piensen que esos colores no simbolizan los ideales democráticos, ya que son los mismos que hubo durante el franquismo. Pero la bandera rojigualda representa a todos. Por el contrario, la utilización partidista lo único que hace es destrozar su imagen, porque provoca que solo una parte sienta afecto hacia ella.
Alfonso Armenteros, exconcejal del PSOE de Pilar de la Horadada
