martes, abril 14

GENOCIDIO DE CRISTIANOS EN ÁFRICA: MITO, POLÍTICA Y REALIDAD

En los últimos meses se ha instalado en determinados discursos públicos una idea tan contundente como simplificada: la existencia de un supuesto “genocidio de cristianos en África”. Como suele ocurrir en tiempos de polarización, la contundencia del mensaje contrasta con la complejidad de la realidad.

Si uno se detiene a analizar con algo de rigor lo que ocurre en países como Nigeria, descubre un escenario mucho más enrevesado. Allí confluyen factores como la lucha por el control del territorio, la escasez de recursos, tensiones históricas entre comunidades y conflictos derivados del cambio climático. La religión, en muchos casos, es más un elemento identitario que una causa única o suficiente para explicar la violencia.

De hecho, informes recientes y análisis como el documental de Lethal Crysis, “¿Hay genocidio cristiano en África?”, apuntan precisamente a esa complejidad. En Nigeria, por ejemplo, algunos de los episodios más recientes de violencia —incluida una de las últimas masacres— tienen su origen en conflictos entre comunidades por el acceso a recursos básicos como la tierra o el ganado, más que en una persecución religiosa sistemática.

Reducir todo ese contexto a un enfrentamiento religioso o a un genocidio dirigido contra un grupo concreto no solo es inexacto, sino que impide comprender las verdaderas raíces del problema. Y sin comprensión, difícilmente puede haber soluciones.

Sin embargo, lo más preocupante no es el error en sí, sino el uso político que se hace de ese relato. No es casual que este tipo de argumentos aparezcan en determinados debates locales, a menudo como respuesta a otras denuncias incómodas.

Hace unos meses, el concejal de Cultura y Educación de nuestro municipio recriminaba a una compañera concejal del Grupo Municipal Socialista que denunciara la situación en Gaza, preguntando por qué no hablábamos del supuesto asesinato de católicos en “no sé qué país de no sé qué continente”. Más allá del tono, el fondo del reproche era claro: intentar deslegitimar una denuncia señalando otra.

Este tipo de estrategia no busca justicia ni equilibrio; busca silencio selectivo.

Resulta especialmente llamativo que ese mismo concejal, que exige pronunciarse sobre unas causas, guarde silencio ante otras. Porque hoy, mientras se invocan determinados discursos, se pasa por alto que en Israel se han producido restricciones que han afectado a la celebración de actos religiosos cristianos durante la Semana Santa. Una cuestión que, curiosamente, no parece merecer la misma atención.

Ese tipo de discursos suelen venir acompañados de una retórica grandilocuente y simplista, muy reconocible en ciertos perfiles políticos: mucho énfasis en símbolos, consignas repetidas y apelaciones emocionales, pero poca profundidad cuando se trata de analizar problemas complejos.

La defensa de los derechos humanos no puede ser intermitente ni condicionada por afinidades políticas o culturales. No se puede denunciar una injusticia y callar ante otra simplemente porque incomoda o contradice el propio discurso.

En ese sentido, conviene recordar que los derechos humanos no entienden de banderas, credos ni bloques geopolíticos. Las víctimas no deberían ser clasificadas según su utilidad en el debate público.

También es importante señalar la facilidad con la que ciertos mensajes simplificadores calan en la sociedad. En un mundo saturado de información, los relatos breves, emocionales y aparentemente claros tienen ventaja frente a los análisis complejos. Pero esa simplificación tiene un coste: desinformación, polarización y una visión distorsionada de la realidad.

Y es ahí donde entra la responsabilidad individual. No es necesario ser experto en geopolítica para ejercer un mínimo espíritu crítico. Basta con desconfiar de las explicaciones demasiado simples para problemas demasiado complejos.

Quienes tenemos una mirada crítica hacia las instituciones religiosas o hacia determinados usos políticos de la fe no estamos, ni mucho menos, en contra de las personas creyentes. La defensa de la dignidad humana no necesita apoyarse en una identidad religiosa concreta. Se sostiene, o debería sostenerse, en valores universales como la justicia, la empatía y la coherencia.

Estar del lado de las víctimas implica algo más que elegir una causa: implica ser coherente con todas ellas.

Porque al final, la verdadera cuestión no es qué conflicto denunciamos, sino por qué denunciamos unos y otros no. Y ahí es donde se mide la credibilidad de cualquier discurso.

En un tiempo en el que las palabras se utilizan como armas, quizás el mayor acto de responsabilidad sea intentar comprender antes de opinar, y ser coherente antes de señalar.

Porque la realidad, casi siempre, es más compleja que el relato.

“No se trata de blanquear realidades, se trata de buscar el término adecuado, por respeto a quiénes lo sufren”

Ángel T. Cegarra, portavoz adjunto Grupo Municipal Socialista Pilar de la Horadada

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